ADRIANO
Entré corriendo al lado de la camilla sin soltar la mano de mi flor que gemía de dolor, los trillizos habían decidido nacer hoy y no habría poder humano que les dijera que no, eran tercos como su madre.
Las enfermeras corrieron. El cuerpo de Dalia se arqueaba, su respiración era una súplica entre jadeos. Apenas la pusieron en la camilla, la doctora Valderrama apareció con bata y guantes revisando a Dalia, metió su mano debajo de las sábanas y me miró con el ceño fruncido.
—No podemos hac