ENZO
La mañana olía a pan recién hecho cuando entré en la tienda de Anna. o mejor dicho, Alessia, porque aunque le hubieran cambiado el nombre por protegerla, para mí siempre sería ese nombre Alessia. No podía evitarlo: me sonaba limpio, sincero, real.
La encontré ordenando telas con más torpeza de lo normal, doblando una blusa al revés y acomodando las cajas sin mirar lo que hacía. Sus manos temblaban como si estuviera manejando dinamita.
—Hola, muñequita —saludé con mi tono más tranquilo, por