ALESSANDRO
El portazo que di hizo temblar los cristales de la tienda. No fue adrede: mis manos estaban temblando y necesitaban algo que romper.
Allí estaban. Mi hermana —mi Alessia— con las mejillas coloradas, los labios húmedos, acurrucada en brazos de Enzo. Y él, con esa maldita sonrisa de superioridad que me provocaba desde que lo conocí.
—¿Qué diablos está pasando aquí? —rugí, mi voz saliendo más baja y peligrosa de lo que esperaba.
Alessia pegó un respingo y trató de apartarse, pero Enzo n