VALERIO VISCONTI
Desperté sintiendo el calor de una mano entrelazada con la mía.
No necesitaba abrir los ojos para saber de quién era. Su aroma, su piel, su presencia… era Sara.
Mi Sara.
Abrí los ojos lentamente, la habitación estaba bañada por la luz del sol, debía ser como medio día por la intensidad del brillo. Ella estaba ahí, dormida sobre el borde de la cama, con la cabeza apoyada en su brazo, todavía sosteniendo mi mano.
La observé un momento en silencio. Incluso agotada, era lo más herm