ADRIANO
Caminaba por el pasillo del hospital, todavía con el cansancio clavado en los huesos, cuando la vi.
Mi madre.
Salía de la habitación de Valerio con los ojos llenos de lágrimas.
Sus hombros temblaban, y aunque trataba de mantener la compostura, la conocía demasiado bien como para no notar que algo dentro de ella se había roto.
—Mamá… —la llamé con voz baja.
Ella se detuvo, sin girarse.
—Necesito aire, Adriano… —susurró, llevándose una mano al pecho—. Solo… solo aire.
La observé caminar h