SARA BLACKSTONE
El aire del cementerio olía a tierra húmeda y hojas secas. Caminaba despacio, con las manos apretando el ramo de rosas rojas, las que siempre habían sido sus favoritas. Me detuve frente a la lápida de Alexander, la limpié con cuidado y dejé las flores sobre la piedra fría.
—Hola, amor —susurré, acomodando las hojas que el viento había arrastrado—. Te he extrañado tanto…
Me senté a su lado, como tantas veces. Era un lugar silencioso, pero cuando le hablaba sentía que de alguna for