ADRIANO
El reloj apenas marcaba el mediodía cuando la puerta de mi oficina se abrió sin aviso. Gael apareció con esa sonrisa burlona que ya anunciaba problemas.
—Adivina quién llegó… nuestro terroncito de sal.
Levanté la mirada con curiosidad, y entonces la vi.
—¿Ana?
—Hola, grandote. —Analena entró con paso firme, sus botas resonando contra el piso de mármol. Su cabello oscuro caía con desenfado sobre los hombros, y en esos ojos marrones brillaba el mismo fuego de siempre.
No pude evitar sonre