DALIA
El aroma del café recién molido llenaba el minimarket, mezclado con la dulzura de los pasteles que acababa de acomodar en la vitrina. Me gustaba ese rincón: era mi pequeño refugio, donde podía ser simplemente Dalia, sin lujos, sin apellidos, sin miradas inquisitivas. Mis manos aún estaban manchadas de crema y azúcar cuando escuché una voz a mi espalda.
—Dalia.
Me giré, y mi corazón dio un salto.
—Enzo…
Su sola presencia hacía que el aire cambiara de densidad. Alto, imponente, con esa calm