Capítulo 4 Reproche desmedido

Deslizó el dedo por la pantalla y llevó el teléfono a su oído.

—Helena —la voz de Máximo sonó al otro lado, y Helena notó el tono de fastidio mal disimulado. —¿Dónde estás? ¿Qué es esto que me dice mi madre? ¿Te fuiste de casa?

Helena respiró hondo. Se imaginó a Máximo en el comedor vacío, con la cabeza martilleándole por la resaca, esperando encontrar su desayuno preparado y a ella sumisa, como siempre. Se imaginó la confusión en su rostro al ver la mesa impecable, el silencio, la ausencia.

—Hola, Máximo —dijo, y su voz era un susurro de hielo. —Sí, me fui. ¿Hay algún problema?

Hubo un silencio al otro lado. Máximo no esperaba esa respuesta. Él esperaba llanto, reproches, súplicas. Pero Helena no iba a darle nada de eso.

—¿Problema? —repitió él, y ahora su tono era más agudo. —¿Me estás diciendo que no hay problema con que mi esposa se vaya de casa en medio de la noche como una fugitiva?

Helena sonrió. Una sonrisa fría que Clara vio y que le erizó la piel.

—No soy una fugitiva, Máximo. Soy una mujer que decidió irse. Eso es todo.

—No voy a discutir esto por teléfono —dijo él, y Helena pudo oír el crujido de sus nudillos al apretar el teléfono. —Ven a casa. Ahora mismo. Hablamos como personas adultas.

—Estoy hablando como persona adulta —respondió Helena, sin alterar el tono. —Pero no voy a ir a casa. No hoy. Tal vez no nunca. Tómate tu tiempo para procesarlo.

—¡Helena! —la voz de Máximo se elevó, y por primera vez, Helena escuchó algo distinto en ella. No era fastidio. Era... desconcierto. —No puedes hacer esto. Tenemos compromisos, tenemos una vida juntos. ¿Qué se supone que le digo a la gente? ¿A tu padre?

Helena apretó la mandíbula. Ahí estaba. La carta del miedo. El chantaje emocional envuelto en preocupación.

—Diles la verdad —dijo, y su voz era un cuchillo. —Que tu esposa se cansó de ser invisible. Que tu prima Mónica es más importante para ti. Que tu madre me trata como una sirvienta. Diles eso, Máximo. A ver qué cara ponen.

El silencio al otro lado fue ensordecedor. Helena podía imaginar a Máximo, con la boca abierta, sin saber qué responder. Su esposa, la sumisa, la dócil, le estaba devolviendo cada palabra, cada gesto de desprecio, cada humillación.

—No voy a discutir esto ahora —dijo finalmente, y su voz sonó derrotada. —Mañana... mañana hablamos. Cuando estés más calmada.

—Estoy perfectamente calmada, Máximo —dijo Helena, y colgó sin esperar respuesta.

Dejó el teléfono sobre la mesa y soltó el aire que había estado conteniendo. Sus manos temblaban, pero esta vez no era de miedo. Era adrenalina.

Clara la miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó, y aunque la pregunta era retórica, su sonrisa era de orgullo.

Helena se dejó caer en la cama, sintiendo cómo la tensión empezaba a disiparse.

—Fue el comienzo —dijo, cerrando los ojos. —El comienzo de mi vida.

Pero mientras se recostaba, sintió el peso de las palabras de Clara. Su padre. La empresa. Las consecuencias. No podía escapar tan fácilmente. Máximo no era un hombre que aceptara la derrota con dignidad. Era un Lombardi, y los Lombardi siempre peleaban sucio.

En la mansión, Máximo miraba el teléfono en su mano como si fuera un objeto extraño. Helena había colgado. Helena le había colgado a él. Era la primera vez en tres años que su esposa no se doblegaba ante su voluntad, y la sensación era tan incómoda como un traje mal ajustado.

—¿Y bien? —Jimena apareció detrás de él, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. —¿Qué dijo? ¿Va a volver con el rabo entre las piernas?

—No —respondió Máximo, y su voz era un susurro ronco. —Dijo que no va a volver.

Jimena abrió la boca, pero Máximo la interrumpió con un gesto.

—Déjame solo, madre.

La mujer lo miró unos segundos, y por primera vez, sus ojos mostraron una chispa de preocupación. Pero no dijo nada. Se giró y salió de la habitación, dejando a su hijo frente al comedor vacío, frente a la cama vacía, frente a la certeza de que su esposa, la que siempre había estado ahí, ya no estaba.

Máximo se dejó caer en una silla. La resaca le martilleaba las sienes, y el silencio de la casa era un recordatorio constante de su ausencia. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había pasado de tener todo a no tener nada?

Y en algún lugar de su mente, una idea comenzó a germinar. Una idea que no le gustaba, pero que no podía ignorar.

Helena no volvería tan fácilmente. Y él tendría que hacer algo al respecto. Algo que nunca había hecho antes: esforzarse por ella.

La epifanía empezaba a asomar, aunque él no lo supiera.

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