Mundo ficciónIniciar sesiónEl agua caliente caía sobre la espalda de Helena como un bálsamo que no lograba penetrar. Se quedó inmóvil bajo la ducha, con la frente apoyada contra los azulejos fríos, sintiendo cómo el vapor envolvía su cuerpo pero no conseguía descongelar el núcleo helado que llevaba dentro desde que escuchó aquellas palabras. "Me cansa demasiado".
Cerró los ojos y revivió la escena una y otra vez. La risa de Máximo, la complicidad de sus amigos, la forma en que su nombre había sido pronunciado como un estorbo, como una molestia que había que gestionar con mentiras. Tres años. Tres años de su vida entregados a un hombre que la veía como un problema.
Cuando salió de la ducha, su hermana Clara estaba sentada en el borde de la cama, con una taza humeante en las manos. No preguntó nada. No presionó. Solo extendió el brazo y le ofreció el café con una sonrisa suave, de esas que solo las hermanas saben dar.
—Gracias —susurró Helena, envolviendo sus dedos alrededor de la taza. El calor no llegaba a sus huesos.
Clara la observó en silencio mientras Helena se sentaba en la cama, envuelta en la bata de felpa que su hermana le había prestado. El apartamento de Clara era pequeño pero acogedor, lleno de plantas y libros, tan diferente de la mansión fría y pulcra de los Lombardi.
—No tienes que hablar si no quieres —dijo Clara finalmente, rompiendo el silencio con suavidad.
Helena negó con la cabeza.
—Necesito hacerlo. Si no lo digo en voz alta, siento que voy a explotar.
Y entonces habló. Contó todo: las humillaciones de Jimena, las indirectas de Mónica, la indiferencia de Máximo, la complicidad de sus amigos. Habló durante casi una hora, y Clara solo escuchó, asintiendo en los momentos adecuados, apretándole la mano cuando la voz se le quebraba.
Cuando terminó, Helena se sintió vacía. Pero también más ligera, como si hubiera drenado una herida supurante.
—Clara, ya no soporto ese matrimonio —dijo, mirando el café que ya se había enfriado entre sus manos. —Creo que lo he dado todo. Creo que realmente no puedo dar más.
Clara asintió lentamente. Su rostro, normalmente alegre, estaba serio.
—Lo sé, hermana. Siempre lo he sabido. Te he visto desaparecer poco a poco durante estos tres años. —Hizo una pausa, y Helena vio cómo sus dedos se tensaban alrededor de su propia taza. —Pero Helena, creo que tienes razón en querer salir de ahí. Sin embargo, no sé si puedas divorciarte tan fácilmente.
Helena levantó la vista, encontrando los ojos de su hermana.
—¿A qué te refieres?
—Recuerda que la empresa Lombardi y la empresa Sartori están en una colaboración. Un proyecto conjunto que papá firmó hace dos años. —Clara se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si alguien pudiera escucharlas. —Si realmente te divorcias, papá podría sufrir las consecuencias. Máximo es un hombre de negocios, y si se siente traicionado, podría retirar su inversión o, peor aún, boicotear a Sartori.
Helena sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Había pensado en el dolor, en la humillación, en la soledad. Pero no había considerado el aspecto empresarial. Su padre, Arturo Sartori, había trabajado toda su vida para construir su imperio. Y ella, sin querer, se había convertido en un peón en ese tablero.
—Lo sé —dijo Helena, y su voz sonó más cansada de lo que quería. —Lo medité anoche. Los pros, los contras. Todo.
Se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí podía ver las luces de la ciudad despertando, la gente apresurándose a sus trabajos, viviendo sus vidas. Ella también quería eso. Quería despertar sin el peso de una suegra que la despreciaba, sin la sombra de una prima que le robaba la atención de su esposo, sin la sensación constante de ser invisible.
—Sé que no es fácil divorciarme —continuó, girándose para enfrentar a su hermana. Los ojos le brillaban, pero no de lágrimas. De determinación. —Pero es necesario. No sé cómo, no sé cuándo, pero lo voy a lograr. Encontraré la manera de hacerlo sin dañar a papá. Me lo debo a mí misma.
Clara se levantó y la abrazó con fuerza. Helena sintió el calor de su hermana, su olor a lavanda y a hogar, y por un momento, el hielo dentro de su pecho se resquebrajó.
—Y te ayudaré —dijo Clara contra su cabello. —Lo que necesites, aquí estoy.
Fue en ese momento cuando el teléfono de Helena vibró sobre la mesa de noche. Ambas hermanas se separaron y miraron la pantalla. El nombre de Máximo brillaba con una insistencia acusadora.
Helena sintió que su estómago se contraía. Pero no era miedo. Era rabia. Y debajo de la rabia, un destello de algo nuevo: poder.
—¿Vas a contestar? —preguntó Clara.
Helena tomó el teléfono con una calma que no sentía. Sus dedos temblaban ligeramente, pero su rostro era una máscara de serenidad.
—Sí —dijo, y en su voz había un filo que Clara no le había escuchado antes. —Voy a contestar. Pero no voy a darle lo que quiere.







