Las palabras de Jimena no tenían malicia. O mejor dicho, la tenían, pero era tan natural en ella que parecía un comentario sobre el clima. "Tan apagada", "tan invisible". Helena sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Pero esta vez, no se hundió. Algo la mantuvo en pie. Tal vez era el eco de las palabras de Máximo. Tal vez era el último vestigio de orgullo que le quedaba.No respondió. No se disculpó.Jimena esperaba un gesto de sumisión, una inclinación de cabeza, un murmullo de disculpa. Pero Helena se limitó a mirarla. Una mirada larga, intensa, que hizo que la matriarca parpadeara por primera vez.Y entonces, sin una palabra, Helena se dio la vuelta y se fue.Sus pasos resonaron en el pasillo mientras se dirigía a la habitación que compartía con Máximo. Cerró la puerta con un golpe suave pero definitivo, dejando a Jimena en la sala, petrificada. La mujer que siempre había sido tan dócil, tan sumisa, se había ido de su lado sin ningún respeto, sin ninguna disculpa. Y ese era so
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