Capítulo 5 El mes de las condiciones

El coche de Clara se detuvo frente a la casa de los Sartori, una elegante residencia de estilo colonial que Helena conocía desde la infancia. Sin embargo, esa mañana, el lugar que siempre le había parecido un refugio se veía diferente. Amenazante. Como si las paredes mismas supieran que algo iba a romperse allí dentro.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó Clara, con las manos aún agarradas al volante.

Helena miró por la ventanilla. Vio las cortinas de la sala moverse ligeramente, como si alguien estuviera observando.

—No, no estoy segura —admitió, y su voz era un susurro. —Pero necesito hacerlo. Si no hablo con papá ahora, nunca lo haré. Siempre encontraré una excusa.

Clara asintió y apretó el brazo de su hermana.

—Entonces vamos. Juntas.

Salieron del coche y caminaron hacia la puerta principal. El jardín estaba impecable, como siempre, con las rosas que su madre —su madrastra, pero siempre la llamó así— cuidaba con esmero. Helena respiró hondo y tocó el timbre.

La puerta se abrió, y el mundo de Helena se detuvo.

Allí, en la sala de estar de sus padres, sentado en el sofá de cuero que su padre tanto apreciaba, estaba Máximo. Con las piernas cruzadas, una copa de vino en la mano y una sonrisa que era pura arrogancia. A su lado, sus padres, Arturo y Nasarena, estaban sentados en los bordes de sus asientos, con las manos entrelazadas y expresiones que oscilaban entre la preocupación y el nerviosismo.

El aire en la habitación era denso, casi irrespirable. Helena sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

—Helena, querida —dijo Nasarena, levantándose con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos. Su madrastra, la madre biológica de Clara, era una mujer de mediana edad que siempre había tratado a Helena como a una hija propia. Pero en ese momento, su mirada era de auxilio. Como si pidiera disculpas por lo que estaba a punto de pasar. —Máximo nos ha estado esperando. Dijo que necesitaba hablar con nosotros sobre... el divorcio.

Helena apretó los puños con tanta fuerza que sintió las uñas clavarse en las palmas. El muy hijo de puta. Había llegado antes. Había sembrado su veneno antes de que ella pudiera plantar su propia bandera.

—Hola, Helena —dijo Máximo, con esa voz ronca y peligrosa que usaba cuando estaba seguro de haber ganado. —Qué sorpresa encontrarte aquí. Venía a hablar con mis suegros sobre ese divorcio. Pensé que sería mejor que lo escucharan de primera mano. Para que no hubiera malentendidos.

Helena sintió que la furia le hervía en las venas. Pero no se dejó llevar. Respiró hondo, una inhalación lenta y profunda que la ancló al momento presente.

—Hola, Máximo —respondió, y su voz era hielo. —No esperaba encontrarte aquí. Pero me alegra que hayas venido. Así podemos hablar todos juntos.

Arturo Sartori, un hombre de cabello gris y mirada severa, se levantó con lentitud. Su rostro era una máscara de preocupación.

—Hija, siéntate —dijo, señalando el sofá vacío frente a Máximo. —Máximo nos ha contado lo que está pasando. Dice que estás pidiendo el divorcio. Que estás haciendo un berrinche. Que estás celosa.

La palabra berrinche cayó sobre Helena como una bofetada. Miró a su padre, al hombre que siempre había admirado, y sintió una punzada de traición. No era culpa de él. Máximo era un maestro manipulador. Pero aun así, dolía.

—¿Berrinche? —repitió Helena, y su voz era un susurro que cortaba el aire. —¿Eso es lo que te dijo?

Se giró lentamente para enfrentar a Máximo. Lo miró a los ojos, y por primera vez, no desvió la mirada.

—Dime, Máximo —dijo, y cada palabra era un cuchillo. —¿Berrinche es querer salir de un matrimonio donde soy la tercera en discordia? ¿Donde tengo que ceder ante su amante? ¿Donde soy la causa del fastidio y el cansancio de mi marido?

Máximo abrió la boca para interrumpir, pero Helena levantó una mano, deteniéndolo.

—No he terminado. ¿Berrinche es escuchar a mi esposo decir que me cansa a sus amigos, mientras todos se burlan de mí como si fuera un payaso? ¿Berrinche es tener que soportar que mi suegra me trate como una sirvienta y que mi cuñada me mire como si fuera un mueble?

La habitación quedó en silencio. Nasarena se llevó una mano a la boca, y Arturo apretó la mandíbula.

—No es mi amante —dijo Máximo, poniéndose de pie con la copa aún en la mano. Su voz era un rugido contenido. —Mónica y yo no tenemos esa relación. Nunca hemos tenido intimidad. Y no me importa lo que pienses, Helena, pero no voy a permitir que me acuses de algo que no es cierto.

—No me importa si es tu amante o no —respondió Helena, y su voz era un filo de acero. —Me importa que siempre está ahí. Me importa que la pones por encima de mí. Me importa que cuando necesito a mi esposo, él está ocupado con ella. Y no lo soporto más. Ya no lo quiero. Ya no lo aguanto. Quiero el divorcio.

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