El sol entraba por los ventanales del comedor de la mansión Lombardi, bañando la mesa de roble con una luz dorada que debería haber sido cálida. Pero para Máximo, sentado solo frente a ese mar de madera pulida, la luz era fría. Vacía. Como todo en esa casa desde que Helena se había ido.
Y ahora que había vuelto, las cosas no eran como antes.
Máximo miró el reloj de pared. Las ocho y media. Su estómago rugía, y su cabeza aún palpitaba por los restos de la resaca de la noche anterior. Había bajad