Helena estaba en el jardín trasero de la mansión, con una taza de té en la mano y un cuaderno en el regazo. El sol de la mañana calentaba su piel, y por primera vez en mucho tiempo, sentía que podía respirar. Los días en la mansión Lombardi seguían siendo tensos, pero había encontrado pequeños refugios: el jardín, la biblioteca, las largas caminatas por el vecindario.
Su teléfono vibró sobre la mesa de hierro forjado. Un número desconocido.
—¿Hola? —respondió, con cautela.
—¿Helena? Soy Valeria