Leandro entra en la sala de visitas de la cárcel, su expresión tensa, los pasos medidos. A su lado, el abogado que ha contratado para su madre, Patrizia, mantiene un semblante profesional, preparado para la difícil tarea que tienen por delante.
Al ver a su hijo, Patrizia se levanta rápidamente, una sombra de esperanza cruzando su rostro endurecido por la desesperación y la realidad de su situación. Porque la realidad llega, tarde o temprano, pero llega, sobre todo cuando te das cuenta de que no lograste tu cometido.
Extiende sus brazos hacia Leandro, buscando algún tipo de consuelo o conexión en este momento de aislamiento. Pero Leandro, reacio y herido por las revelaciones y acciones pasadas de su madre, se queda inmóvil, negándose a aceptar el gesto. No puede solamente retroceder porque su madre está apresada, porque ¿y todo lo que hizo con él? ¿y todas esas palabras que le dijo o la manera en la que los utilizó? ¿Debía olvidarse de todo eso únicamente porque su madre estaba en la c