La sensación de flotar en la oscuridad comienza a disiparse lentamente a medida que toma conciencia de su entorno, sintiendo un tirón hacia la realidad que la rodea.
Con un esfuerzo que parece consumir toda su energía, Fiorella parpadea, abriendo los ojos por primera vez en lo que siente que han sido eones. Lo primero que ve son las figuras de sus tres hijos, Daniele, Dante y Nico, reunidos a su alrededor, como guardianes vigilantes de su salud, de ella. La vista es borrosa al principio, pero a medida que sus ojos se ajustan a la luz tenue, sus rostros comienzan a enfocarse, y el alivio y la alegría inundan su corazón.
Están allí, son ellos.
Se sorprende de ver a su hijo mayor, jamás se lo esperaría, no de él, no luego de todas las cosas que han pasado en los últimos años entre los dos.
Pero está allí.
Daniele, con una ternura que Fiorella no había visto en años, toma su mano y le sonríe, ella se sorprende de ver esa sonrisa y no entiende muy bien lo que está pasando; sus palabras cor