DANTE
La celda olía a humedad y metal oxidado.
Pasé la noche en un banco duro, con el ruido de un borracho roncando al fondo y el sonido de pasos en el pasillo. Los guardias de la finca me habían entregado a la policía sin dudarlo, acusándome de entrar a propiedad privada. No intenté defenderme; no había mucho que decir. Me quedé callado, mirando la pared, pensando en cómo demonios había terminado aquí por seguir a esa mujer.
Serena Castelli. Su nombre me quemaba la cabeza, pero no sabía si era furia o algo peor.
El sol apenas salía cuando me soltaron. Mi hermano Daniele había pagado la fianza, y lo vi esperándome fuera de la comisaría, apoyado contra una pared con los brazos cruzados. Alto, pelo oscuro, muy negro, diferente el mío, pero con una calma que yo nunca tuve. Me vio salir, los pasos pesados contra el pavimento, y se acercó rápido. Antes de que pudiera decir algo, me envolvió en un abrazo fuerte, sus manos golpeándome la espalda.
—¿Estás bien? —preguntó, apartándose para mir