DANTE
La celda olía a humedad y metal oxidado.
Pasé la noche en un banco duro, con el ruido de un borracho roncando al fondo y el sonido de pasos en el pasillo. Los guardias de la finca me habían entregado a la policía sin dudarlo, acusándome de entrar a propiedad privada. No intenté defenderme; no había mucho que decir. Me quedé callado, mirando la pared, pensando en cómo demonios había terminado aquí por seguir a esa mujer.
Serena Castelli. Su nombre me quemaba la cabeza, pero no sabía si era