DANTE
La luz del amanecer se cuela por las cortinas, pintando rayas doradas en el suelo de mi habitación. Me despierto temprano, mi cuerpo cálido, pesado, todavía vibrando por la noche extraordinaria con Serena.
Está a mi lado, desnuda bajo las sábanas blancas, su cabello oscuro desparramado en la almohada, su piel brillando como si atrapara el sol. Mi pecho se aprieta, no de angustia como esos meses perdidos, sino de algo más grande, algo que me llena. Sonrío, mi respiración calmada, y me levanto en silencio, el suelo frío bajo mis pies descalzos.
En el baño, me paro frente al espejo, desnudo, y me miro. Mi cuerpo está marcado por ella: surcos rojos cruzan mi pecho, arañazos de sus uñas que arden al tocarlos, chupetones en mi cuello, uno en el hombro donde sus dientes se clavaron anoche. Paso los dedos por las marcas, y una sonrisa se me escapa, amplia, genuina. Hace meses, me miraba en espejos como este, perdido, con una angustia en el pecho que no explicaba, un vacío que me ahogaba