SERENA
Hemos pasado el día juntos, un día de risas y roces, paseando por pequeño puedo un gelato bajo el sol, sus dedos entrelazados con los míos, su sonrisa ladeada haciéndome vibrar.
Ahora, en su baño, el vapor del agua caliente llena el aire, el aroma a jabón de lavanda envolviéndonos. Estamos desnudos bajo la ducha, el chorro cayendo sobre nosotros, mi cabello mojado pegándose a mi espalda, sus manos deslizándose por mis hombros, sus ojos verdes brillando con algo más profundo que deseo, algo que me acelera el pulso.
Estamos en silencio, el agua golpeando el suelo, nuestras respiraciones mezclándose. Él me mira, su mano subiendo a mi rostro, su pulgar rozando mi mejilla, y su voz sale baja, casi un susurro:
—¿Por qué no te quedaste en el hospital, Serena?
Mi corazón se detiene, el recuerdo del accidente —el coche, la sangre, su cuerpo inmóvil— apretándome el pecho. Trago duro, el agua corriendo por mi piel, y bajo la mirada, mis dedos temblando contra su pecho.
—Estuve ahí —confie