DANTE
Milán me recibe con el mismo aire pesado que dejé atrás, como si la ciudad supiera que no pertenezco aquí.
Estoy de vuelta, pero no sé del todo por qué. El boleto que compré en París, con el nombre de Serena Castelli quemándome la cabeza, me trajo hasta la puerta de la casa de mi madre, donde ahora estoy, sentado en el sofá, con ella, Nico y Daniele mirándome como si fuera un animal herido que hay que salvar. Sus ojos pesan, y yo solo quiero un trago algo que me saque de esta mierda.
—No