DANTE
Milán me recibe con el mismo aire pesado que dejé atrás, como si la ciudad supiera que no pertenezco aquí.
Estoy de vuelta, pero no sé del todo por qué. El boleto que compré en París, con el nombre de Serena Castelli quemándome la cabeza, me trajo hasta la puerta de la casa de mi madre, donde ahora estoy, sentado en el sofá, con ella, Nico y Daniele mirándome como si fuera un animal herido que hay que salvar. Sus ojos pesan, y yo solo quiero un trago algo que me saque de esta mierda.
—No puedes seguir así, Dante —dice Daniele, su voz cortante, cruzada de brazos—. Alcohol, drogas, mujeres. ¿Eso eres ahora? ¿Eso es todo?
—Puedo hacer lo que me dé la gana —respondo, mi voz seca, mis manos apretadas en los muslos—. No pedí que me trajeran aquí. No pedí esta vida que no recuerdo.
Nico, sentado junto a mi madre, suelta un bufido, pero no dice nada. Es mi madre la que habla, su voz temblando, sus manos juntas como si rezara.
—Dante, hijo —dice, sus ojos brillando con lágrimas que me co