SERENA
Han pasado casi tres meses desde que dejé Milán, desde que corrí por las calles huyendo de una cena que me asfixió, desde que tomé un vuelo a Texas sin mirar atrás.
La casa alquilada en las afueras de Austin se ha convertido en mi refugio, un lugar sencillo con paredes blancas y un porche que cruje bajo mis pasos. Aquí, sola, he intentado desentrañar mi vida, recoger los pedazos de una Serena que no sé si alguna vez existió. Falta poco más de un mes para que el divorcio pueda solicitarse, un año desde que nos casamos.
Intenté hacerlo lo mejor que podía… pero nadie puede entrar a la fuerza en mi corazón, en mi vida.
El sol de la tarde quema el césped seco cuando alguien toca la puerta, un golpe firme que me saca de mis pensamientos. Estoy en el sofá, un libro abierto sobre mis piernas que no he leído en horas, y frunzo el ceño, confundida. Nadie sabe que estoy aquí, pero algunos vecinos son demasiados amables y en ocasiones me encuentro con la nevera llena de comida para calenta