DANTE
La Mansión Moretti en el Lago di Como es un monstruo aquí en medio, alzándose contra el agua como si quisiera dominarla.
Llegamos esta tarde con el equipo: yo y cinco más de La Brasa Oculta, cargando ollas, cuchillos y todo lo necesario para una cena de siete personas. El cliente, Damiano Moretti, nos contrató hace una semana por teléfono, y aunque no lo conocía, su nombre sonaba pesado, como algo que debería importarme. No pregunté. Quizás era por el apellido, podría ser familiar de Chiara, o no.
Me importan los platos, no las personas que los comen.
Pasamos toda la tarde instalándonos en la cocina, un espacio enorme con encimeras de mármol y hornos que parecen nuevos. El equipo está en modo automático: Luca corta cebollas con precisión militar, Sofia mezcla salsas con esa calma que me saca de quicio, y los demás trajinan entre fogones y tablas. Yo superviso, mis manos en los bolsillos, dando órdenes cortas mientras el reloj marca las horas.
Todo tiene que salir perfecto. No po