Trish
A la mañana siguiente vimos el primer amanecer en nuestra casa.
La ropa tirada en el suelo. La cama deshecha. Los rastros de nuestra locura en cada rincón de la habitación.
—Hora de la mudanza —dijo Nico con voz somnolienta, abrazándome por la espalda.
Rodé los ojos.
—No tengo tantas cosas.
—Por eso vamos a empacar todo hoy mismo.
Se sentó en la cama y me jaló con él.
—Si crees que voy a cargar cajas, estás loco.
Nico arqueó una ceja con diversión.
—¿Y si lo hacemos divertido?
—¿Divertido