Miró a su alrededor cuando entró a casa de su padre.
Lo primero que sintió fue lástima, es decir, seguía siendo su padre.
La casa era bonita, no se debía a eso su pena, sino al rostro consumido de su padre, como si hubiesen pasado años desde la última vez que se vieron, sus mejillas se veían más hundidas y se notaba claramente que había tenido una pérdida considerable de peso.
—Leandro, toma asiento. — Gio mantuvo la distancia para no incomodar a su hijo, pero Leandro se acercó a su padre y le abrazó.
—Te he extraño—confesó.
—Y yo a ustedes. ¿Cómo está Mauro? ¿Qué hay de tu familia?
—Todos estamos bien. ¿Has visto a mamá?
—No, yo no… no he ido a verla. Me ha llamado muchas veces, pero no puedo ir a verla.
—La realidad es muy cruel, papá. Pero es mejor afrontarla, todos hemos cometido errores, pero los suyos… es que no pueden tener perdón.
—¿Has vito a Mauro estos últimos días?
—Sí, se quedó en mi casa hasta que su hombro y su brazo sanaron. Luego se fue a la suya, pero estamos en cons