La jaula de oro.
El amanecer se colaba tímidamente entre las cortinas de seda del estudio, pintando el espacio con tonos pastel. Artemisa, con las manos embadurnadas de pintura, contemplaba el lienzo. Había pasado la noche en vela, intentando capturar la tormenta que rugía en su interior. Cada pincelada era un grito silencioso de rebeldía, una forma de desafiar el destino que le había sido impuesto.
Las palabras de Ares resonaban en su mente como un eco constante: "Tu santuario, y mi prisión". Sabía que ese est