El desayuno en la mansión Ravich era una escena de opulencia silenciosa. La mesa, un espejo de plata reluciente, estaba adornada con porcelana fina y cubiertos de oro. Un ejército de sirvientes se movía con precisión, anticipando cada necesidad antes de que fuera siquiera articulada. Artemisa, sentada frente a Ares, se sentía como una figura de cera en un museo, observada y juzgada por ojos invisibles.
El silencio era denso, roto solo por el suave tintineo de la plata contra la porcelana. Ares