Artemisa corrió entre los árboles, las ramas arañando su piel, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. La libertad era un sabor agridulce en su boca, mezclado con el miedo a ser atrapada. Cada crujido de hojas, cada sombra danzante, la hacían saltar. Sabía que Ares no tardaría en enviar a sus hombres tras ella.
Llegó a un claro y se detuvo, jadeando. El bosque era denso y desconocido, pero prefería mil veces la incertidumbre a la jaula dorada. Se abrazó a sí misma, intentando calmar el te