La furia de Ares era un volcán en erupción, devastando todo a su paso. La idea de que Artemisa, su posesión, se atreviera a desafiarlo y escapar, era una afrenta intolerable. No bastaba con enviar a sus hombres tras ella; necesitaba desatar una fuerza imparable, una red que la atrapara sin importar dónde se escondiera. Y para eso, recurriría a las sombras, a las alianzas oscuras que había forjado a lo largo de su vida.
En su despacho, iluminado tenuemente por la luz de un fuego crepitante, Ares