Vigilados.
Noah terminó por dormirse en el sillón, acurrucado sobre una manta que Dorian le había puesto con una delicadeza que no esperaba de un hombre que acababa de amenazar a media cuadra con solo existir.
Yo no podía dejar de mirarlos a ambos, como si la imagen no terminara de encajar dentro del mundo que habitaba hacía apenas unas horas.
La luz tenue de la lámpara hacía que todo pareciera más silencioso, más frágil. Como si mi sala se hubiera convertido en una burbuja de cristal a punto de estallar.