Un Día Diferente.
Con las tazas de café aún humeantes en la mesa, me dejé caer en el sofá y Caelan se acomodó a mi lado, rodeándome con un brazo. El aroma del café llenaba la habitación, pero no era lo que realmente me reconfortaba; era la proximidad de él, el calor de su cuerpo pegado al mío, la certeza de que por primera vez en meses no estaba sola.
—¿Quieres ver algo? —preguntó en un susurro, apuntando la televisión hacia mí.
Asentí sin mirarlo; no importaba qué fuera, cualquier cosa nos daba un hilo de norma