Guerra Abierta.
La mañana llegó sin suavidad.
No hubo transición amable entre lo que éramos antes de la boda rota y lo que vino después.
Abrí los ojos con la sensación de haber dormido dentro de un ruido constante, como si incluso el silencio hubiera aprendido a presionar.
El teléfono vibraba sobre la mesa de noche.
No era una llamada, eran notificaciones, demasiadas, seguidas, insistentes.
Me incorporé despacio, todavía envuelta en la quietud pesada del departamento de Dorian.
Él ya no estaba en la cama. Esc