El trayecto parecía interminable. Habían pasado horas desde que salimos del internado, y cada minuto dentro de aquel auto era un tormento. El silencio de Dante se expandía como un veneno en el aire, obligándome a escuchar mis propios pensamientos, que martillaban sin descanso contra las paredes de mi mente. La carretera se extendía en una línea infinita de asfalto gris, bordeada por bosques densos donde las sombras parecían alargarse como garras.
Mi estómago rugió en protesta, recordándome que