La mañana de mi partida amaneció gris, como si hasta el cielo se burlara de mí. El internado, ese lugar donde había pasado la mayor parte de mi vida, me observaba con su fachada de mármol helado y sus ventanas estrechas como ojos vigilantes. Nunca lo llamaría hogar, pero era lo más cercano que había tenido a uno. Dentro de esos muros aprendí a sobrevivir, a endurecer mi voz, a sonreír cuando querían que llorara, y a luchar cuando preferían que bajara la cabeza. No me dio felicidad, pero sí me d