La luna era una guadaña pálida colgada en un terciopelo negro, iluminando débilmente mi habitación. El silencio era absoluto, roto solo por el leve crujido de las páginas de un antiguo tratado sobre disciplinas mentales que intentaba descifrar. Tras el altercado en el jardín y la fría partida de Dante, necesitaba sumergirme en algo que me perteneciera solo a mí, en el misterio de mi propia sangre, lejos de las miradas ajenas y las expectativas.
Había encendido una sola vela, y su luz danzante