Nunca en mi vida había pisado un campo de entrenamiento. Las mujeres destinadas a ser esposas no tenían cabida allí, entre el sudor, la tierra y los rugidos de los guerreros. Por eso, cuando un guardia tocó mi puerta al amanecer con la orden de presentarme ante el Alfa, algo en mí se tensó. No era normal. No era apropiado.
El aire de la mañana estaba afilado como una hoja. Caminé entre la niebla que cubría los patios, con el corazón latiendo a destiempo. La fortaleza aún dormía, y sin embargo,