Capítulo 32. Un lugar donde no hay nadie.
El pasillo del tercer piso estaba en penumbra. La puerta de nuestra habitación estaba cerrada con llave por dentro.
La giré. Sonó ese clic suave que ya dispara mi memoria corporal. Entré y no encendí la luz aún. Reconocí la silueta de él junto al ventanal.
—Cierra —pidió.
Cerré. Me apoyé en la madera. Esperé y oí cómo se acercaban sus pasos. Se detuvieron a un palmo de distancia. No me tocó, solo me dejó olerlo. Tuve que agarrarme a la manija para no acercarme antes de tiempo.
—Hoy decides tú —