AMBER PIERCE
Desperté mareada con la luz blanca cegándome. Cuando quise moverme, no pude, mis manos tenían correas de cuero forradas en el interior por fieltro. Levanté la cabeza para distinguir el cuarto de hospital. Parecía gentil, con cuadros en las paredes blancas y un adorno floral en el mueble de enfrente, eran peonías, las mismas flores que a Anthony le gustaba regalarme.
—Tranquila… No te alteres, estás a salvo —escuché la voz de una mujer, pero no podía ver—. Entre más nerviosa te enc