El auto avanzaba por las calles, sumergido en un silencio que se extendía más allá del mediodía. Bianca se mantuvo callada, absorta en sus pensamientos, mientras Eric conducía con un aire de serena concentración. De repente, el silencio fue interrumpido por un ruido inoportuno: el rugido del estómago de Bianca. Se sintió avergonzada, se aclaró la garganta y trató de disimular. Eric, sin embargo, la miró de reojo y esbozó una sonrisa.
—Me detendré, vamos a comer en un restaurante —emitió él, r