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Eric tenía el desayuno frente a él, pero no probaba bocado. La mirada de sus padres era una presencia tangible que lo hacía sentir como si estuvieran leyendo cada uno de sus pensamientos. En cualquier otro momento, la atención de sus progenitores le habría parecido normal, incluso reconfortante, pero hoy era diferente.

George, como si percibiera el nerviosismo de su hijo, se aclaró la garganta.

—Eric —comenzó, su voz suave y grave—, ¿todavía estás muy saturado de trabajo? ¿Las cosas marchan
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