La luna, un orbe pálido y distante, se asomaba por el ventanal de la habitación principal. Su luz mortecina apenas lograba disipar la penumbra, que parecía haberse instalado no solo en las esquinas de la estancia, sino también en la mente de Jackeline.
Tenía el libro de tapa dura sobre el pecho, abierto en una página que no había leído en absoluto, la mirada perdida en el techo de su habitación.
La revelación de George sobre Bianca era un eco persistente en sus pensamientos. No era una cuesti