Bianca sabía que no podía verse terrible. La imagen de sus hijos, y menos aún la de Julia, la niñera, mirándola con preocupación, la obligaron a detener las lágrimas. Se obligó a calmarse, a recomponerse, a aparentar que todo estaba bien.
Además, le debía una disculpa a Julia. La pobre muchacha no le había hecho nada y, seguramente, había estado preocupada, preguntando por ella. Aceleró el paso, desesperada por llegar a su apartamento.
Cuando Julia abrió la puerta, Bianca se sintió invadida por