Tatiana por fin había regresado a casa. Tenía una pierna enyesada y algunas heridas menores, pero estaba cenando con apetito. El doctor había sido claro: si seguía sus recomendaciones al pie de la letra, se recuperaría sin problemas. Su padre, Alonzo, la miró con preocupación teñida de resignación.
—¿Cómo te sientes, Tatiana? —quiso saber Alonzo, su voz suave, casi un ruego.
Tatiana lo miró mal, una expresión de fastidio y dolor en su rostro.
—Cómo debería sentirme, padre, ahora mismo ni siqui