Con un sobresalto, Bianca lo estaba mirando, sus ojos fijos en Eric, mientras una avalancha de desconcierto la invadía. No sabía qué decir, estaba demasiado perturbada, con el corazón latiéndole como un colibrí atrapado. No se esperaba verlo, no imaginaba que él, precisamente él, había sido quien la había llevado hasta su piso. Era una realidad tan ajena que su mente se negaba a procesarla por completo.
—Buenos días, Bianca. Seguramente te duele la cabeza. Estuviste bebiendo a raudales anoche.