El motor rugía bajo el pie de Lorena, cada kilómetro una súplica, cada segundo una eternidad. Miraba una y otra vez por el retrovisor, el rostro pálido de Bianca en el asiento trasero, su cuerpo inerte, encogido. Un nudo de angustia le apretaba el pecho.
—¿Por qué? —murmuraba para sí, la pregunta flotando en el aire del coche—. ¿Por qué el destino era tan cruel con ella? Tantas pruebas, tantas batallas. ¿Hasta cuándo tendría que seguir luchando esa pobre muchacha?
Pensaba en Bianca, en los peq