Eric se dejó caer en el sofá de su piso, el impacto sordo resonando en la quietud de la noche. Las pruebas —esas malditas fotos— seguían quemándole las manos, aunque ya no las tuviera. Aitana. La mujer a la que había amado con una devoción ciega, la que había jurado amarle, le había dado la cara de tonto.
Un payaso. Así se sentía.
La rabia, una bestia visceral, le arañaba el pecho, supurando veneno en cada latido. ¿Llorar por ella? ¡Jamás! No más lágrimas por esa mentirosa. La idea de que le