Pero aún había una pregunta inevitable que hacerle.
—Bianca —comenzó Lorena, su voz suave y considerada—, sé que es pronto para hablar de esto, pero... ¿tienes a dónde ir cuando te den el alta? ¿Algún familiar, amigos cercanos aquí en la ciudad que puedan ayudarte?
Bianca desvió la mirada hacia la ventana, donde el cielo se extendía en un azul inmaculado. Negó con la cabeza lentamente, sus ojos llenándose de una tristeza palpable.
—No, Lorena. No tengo.
La voz de Bianca se quebró al final,