Mientras tanto, en un rincón oscuro de la ciudad, alejado de la inocencia de las calles por las que Bianca deambulaba, George se reunía con un hombre de semblante frío y ojos inexpresivos. El ambiente era denso, cargado de una quietud ominosa. George, con la voz apenas un susurro que denotaba una determinación escalofriante, le dio las instrucciones.
—Quiero que te encargues de Bianca Harrington —demandó, cada palabra calculada y precisa—. Quiero que la encuentres y termines con esto de una vez