Tatiana lanzó el último cigarrillo al suelo. El hombre que la observaba, un gigante de hombros anchos y mirada vacía, la evaluó de pies a cabeza. Después de un momento, asintió con una aprobación silenciosa. Su voz, fría como el hielo, rompió el silencio.
—Es justo lo que estaba buscando. Tú y tus hombres harán el trabajo que yo tanto necesito y quiero que todo salga bien. Que no levanten sospecha, que no dejen pistas, nada... nada que pueda señalarme a mí como la culpable. Y quiero que tambi