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Bianca se separó del abrazo, sintiendo que su contacto había durado demasiado. El calor de sus brazos la quemaba, y una vergüenza repentina la inundó. Todavía tenía lágrimas en los ojos y las mejillas rojas. Se aclaró la garganta, intentando calmarse y fingir que nada había pasado, pero era imposible. Eric, por su parte, se sentía un poco aturdido, sin saber qué hacer o qué decirle.

—Siento mucho todo lo que has pasado. Si puedo hacer algo para ayudarte, dímelo —pronunció él, con voz tierna—. Además de que te prometo que haré que el responsable pague por lo que te pasó. Si quieres que haga algo más, solo dímelo.

Ella, con sus ojos miel llenos de tristeza, lo miró.

—¿Por qué sigues haciendo que mi corazón palpite? ¿Por qué? —le reclamó, con su voz rota—. Odio sentir esta emoción tan rara por ti. A pesar de todo, continúo emocionándome, sintiendo como si mi corazón se acelerara cada vez que te veo. Es tan injusto. Debería odiarte, y aún así ni siquiera puedo despreciarte como tú lo hici
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