Bianca se separó del abrazo, sintiendo que su contacto había durado demasiado. El calor de sus brazos la quemaba, y una vergüenza repentina la inundó. Todavía tenía lágrimas en los ojos y las mejillas rojas. Se aclaró la garganta, intentando calmarse y fingir que nada había pasado, pero era imposible. Eric, por su parte, se sentía un poco aturdido, sin saber qué hacer o qué decirle.
—Siento mucho todo lo que has pasado. Si puedo hacer algo para ayudarte, dímelo —pronunció él, con voz tierna—. A