Luego del encuentro, los niños y Eric pasaron un tiempo más juntos. Él los conoció, aprendió de ellos, y se dio cuenta de que la vida podía ser más maravillosa de lo que ya era. Se sentía completo, como si hubiera encontrado las piezas que le faltaban a su rompecabezas. Su pequeña Olivia era tan hermosa, con los ojos color miel como su madre y el cabello rubio como el de él. Su hijo Henry tenía los ojos azules, era de piel blanca y tenía el cabello castaño.
Ambos eran tan bonitos y cariñosos. A Eric le sorprendió lo rápido que se adaptaron a él, se sentían bastante cómodos en su presencia.
En un momento dado, los niños se pusieron a jugar solos un poco más alejados de ellos, y Eric se encontró a solas con Bianca.
—Muchas gracias por permitir esto, de verdad —declaró, con la voz llena de gratitud—. No me lo esperaba. Me habría gustado comprar algo, pero no me dio tiempo.
—No te preocupes —respondió ella, seca—. No estoy pidiendo eso. Además, los niños han comido antes de venir. Aún